Parte IX: Frío en los huesos

09/08/2015

Alimentó la hoguera con un par de troncos secos y se tumbó sobre su esterilla sin apartar la vista de las llamas. En momentos como aquél, el movimiento rítmico del fuego se le antojaba hipnótico, relajante, la ayudaba a centrarse y pensar a pesar de la situación. Encogida por el frío, se acurrucó bajo la manta hasta encontrar una postura cómoda, pero pronto se dio cuenta de que no era el viento el causante de sus temblores.

No podía quitarse las imágenes de la cabeza. Por alguna razón, en su visión se mostraban claramente los integrantes de un grupo que pertenecía a la Orden de Siekiant, aunque hasta donde ella sabía, los cosmoítas y sus sacerdotes fanáticos sólo existían en Erin. ¿Podría ser que, al contrario de lo que llevaban pensando generaciones, su don también le permitiese mirar en el interior de su propia realidad?

Jamás había existido prueba alguna de ello, y en los libros de sus antepasados no aparecía ninguna mención al respecto. Simplemente era algo que se había dado por sentado hacía tantas eras que nadie había pensado nunca que pudieran estar equivocados. Por otra parte, podría haberse asegurado de que estaba en lo correcto sí no hubiese quemado el baúl en el castillo.

Bostezó. Sí aceptaba la posibilidad de que la visión se hubiera originado en algún punto de su propia realidad, la aldea que habían arrasado debía de encontrarse en el reino de Maelür. En el norte las temperaturas eran más frías, y aunque el humo le había impedido ver más allá de las casas incendiadas, la ropa de los aldeanos era demasiado ligera para vivir más allá de la frontera.

Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, y la muchacha tiró de la manta para taparse mejor. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero era completamente incapaz de apartar de su mente las horribles imágenes de los guerreros arrastrando a familias enteras fuera de sus casas. Vívidas como sí ella misma hubiese formado parte, se mezclaban con sus propios recuerdos mostrando rostros conocidos entre la gente, rostros que no había podido olvidar desde que secuestraron a su hermana.

Era como sí después de tantos años, las pesadillas hubieran vuelto a atormentarla. Los hombres del pueblo nada podían hacer contra el acero de los mercenarios, y los gritos de las madres hacían eco en el valle mientras todas las niñas menores de diez años eran arrancadas de sus hogares y arrastradas con violencia a una enorme jaula tirada por dos caballos.

En su memoria resonó la voz apremiante de su padre ordenándola esconderse en el granero junto con su hermana pequeña. Ella apenas tenía cinco años, pero la urgencia y el miedo que veía en los ojos de los adultos era tal que ni siquiera se lo pensó dos veces antes de hacer lo que le decían. Recordaba el olor a paja y humedad que la envolvía en el interior del granero en el que se ocultaron, el miedo al escuchar las voces de los soldados registrando su modesto hogar.

Pero lo peor de todo, lo que recordaba con más claridad, era aquél preciso instante en que su hermana se escurrió de entre sus brazos y salió corriendo en busca de su muñeca de trapo. Ni siquiera recordaba en que momento había soltado el maldito juguete. Lo único en lo que podía pensar era en alejarse de aquellos bárbaros que saqueaban su aldea en busca de niñas como ellas.

Intentó disuadirla, prometiéndola una nueva sí se quedaba escondida con ella. Sin embargo, Hiley era demasiado pequeña para entender lo que pasaba, y demasiado cabezota para obedecer y, en su inocencia, corrió directa hacia los guerreros apostados fuera, que se la llevaron sin contemplaciones con las demás chiquillas que habían corrido la misma suerte.


Continúa leyendo en la Parte X: Un mal sueño.

 

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